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un día cualquiera

La muerte de Cha Hanita Obamas

Un día iba caminando por la calle, y me encontré a una señora pidiéndo comida. Imploraba al cielo una pastilla alimentaria a cambio de la bendición de la mano poseedora, aquella que un día hizo y deshizo a su antojo y podía disponer de las demás vidas y haciendas de aquellos que bajos sus dominios residía. La llamaban en sus tiempos con los mejores y más bellas palabras, la adornaban con flores y le ofrendaban las mejores comidas y cánticos. Muchos fueron los que pusieron su alma en sus garras a cambio de algún placer o beneficio para la carne. En aquellos tiempos, el espíritu no era algo importante por lo que no les costaba mucho desprenderse de la perla que hoy en día se sabe que es la propia existencia.

La señora, ahora se encontraba en la mayor de las miserias. Una luz liberadora, un día cayó desde el cielo como un poder de los otros dioses, a los que también la poderosa maga también rendía culto. La luz cegó por un instante los ojos de todos aquellos que en la calle se hallaban y su cuerpo en ausencia de espíritu estaba, por lo que tal fue el temor que infundió en los pobres desalmados, que fueron a esconderse a lo más profundo de las cuevas del fuerte que la dama maligna había obligado a construir. Los menos, aquellos que aún conservaban la razón de la existencia se maravillaron al ver cómo un polvo de estrellas con brillo olivado bajaba de los cielos tras la cola de un haz de luz divina. El polvo, derretía los muros de hormigón y lo transformaban en tierra mojada que se deshacía entre el asombro de aquellos que padecían la ausencia de corazón en sus vidas.

El cemento armado, el piche, el plástico y todo aquello que partió del negro espíritu maligno de la ahora angustiada señora, convirtióse en lo que antes no era, vida natural que acogía la existencia de todos los animales y, entre ellos, al hombre santo, el que cultivó y regó con sudor la cimiente que hoy día florece y da alimento a la comunidad que ocupa felizmente el lugar, que antes del relámpago, no era más que horror.

Al pasar por la calle empedrada, la mujer alzó los brazos y me miró a los ojos. En el fondo de su retina pude observar como allí también se encontraba, aunque en menor proporción que el resto de los integrados, un poco de consciencia y humanidad. Acerqué mi mano a la palma abierta de la suya y con suavidad dejé caer la pastilla y el sobre que la comunidad había decidido regalarle.

La mendiga la ingirió de golpe, como si llevase más de tres días sin comer y corrió en busca de una fuente. El papel caía suavemente de sus manos en la carrera, no hacía falta leerlo, ya sabía que aquel era su destino y no lo temía. Ya sabía que era un conductor.
Me acerqué al lugar donde se había posado el papel lacrado y lo cogí. Mientras me incorporaba se escuchó de entre mis manos el crujir del lacre que precintaba la siguiente sentencia:

Al ser no integrado Cha Hanita Obamas le informamos, si es posible que entienda lo que en estas líneas se expone, que su existencia no es útil para la comunidad que la acoge. Le solicitamos que abandone inmediatamente las ahora llamadas Tierras Naturales o haga uso del conductor que le aportamos.


Levanté la vista y todavía pude observar el polvo en suspensión que la desesperada prisa por cumplir su destino había llevado a la estropeada mujer a tomar el conductor que daría fin a su vida en las Tierras Naturales.
Sabía que tras las naturales fronteras oceánicas de El Paraíso se encontraba el infierno que un día ella misma había impuesto.

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