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un día cualquiera

Confesiones íntimas de uno que se cree escritor

No sé si alguna vez anterior te cité la palabra sexo. Es cierto lo que dicen: me encanta y hasta algunas veces me bloquea la cabeza, como el humo que inspiro ahora, que me atonta y me adormece mientras te escribo.
Sonrío porque me enrollo como una persian, quizá porque hasta las persianas tengan cierto poder erótico, tan rígidas... pero bueno, son sólo persianas.
Aunque seguramente alguna vez, entre el onanismo de mis manos (en una arrebatadra inspiración) desease que la habitación en la que como en toda fantasía, no le faltaba detalle orgásmico; hubiera alguna persiana cerrada para evitar el paso de alguna mirada que no tenía (ni tiene por qué tenerlo) algún derecho de participar en tal orgía de deseos, pasión, besos y sexo.
Fíjate cómo son las cosas, que hasta me siento un verdadero escritor mientras al escribir violo alguna de las probables estúpidas leyes, códigos o normas que se inventó algún aburrido nostálgico o quizá melancólico de un pasado en el que escribir un soneto para muchas mentes adormecidas o refrenadas o totalmente carentes de inspiración, era como hacer churros en vez de dar fe de una sensación, una emoción, o la simple consecución estética de palabras que pueden formar parte de alguna antología de citas célebres por personas no tan célebres. Bueno, llevo un día estupendo y por eso no dejo títere con cabeza, me urge escupir por esta boquita que es mía.
Te dejo, escucho a mi padre hablar sólo. Creo que ve un concurso en la televisión y reponde en alto, muestra de su astucia y conocimiento.

En Ceuta (Sebta) a 19 de enero de 2005
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