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un día cualquiera

Fábula absurda o La historia de un pueblo lejano

Érase que se era, es más, no sé si fue, pero lo que si es cierto que llegó a mi memoria por medio de los recuerdos que un día trajo el viento por la ventana. Parece que entonces, lo que existía, que era mucho menos que ahora, pero mucho más que el más antiguo, era maravilloso. Las palomas no se posaban sobre cables de alta tensión y no habían comenzado esas lluvias de cemento que matan. Las gallinas sabían hablar nuestro lenguaje, aunque por tontas o por gallinas, no querían hablarlo, sólo en las ocasiones en que se volvían locas y ponían a gritar:

- ¡Que viene el agua, que viene el agua! Y en el campo nos quedaremos.

Eran muy coquetas, y, como presumidas que eran, se componían antes de que el Sol llegara, con sus largos y calientes dedos, a iluminar aquellas lejanas tierras. Entonces, instantes antes de que todo se viera de día, los gallos comenzaban su canto con el que cortejaban a las tontas gallinas. A esa hora temprano no era pronto, ya que los mas viejos ya habían tomado su segundo desayuno de la mañana.

Un día, de toprón, llegó un disparatado muchacho con muchísimo equipaje a aquel pueblo. Los vecinos, que se llevaban muy mal entre ellos, empezaron a criticar las absurdas cosas que hacía. Observaron por la ventana de su casa (en aquel entonces no había cortinas puesto que no existía la intimidad para nadie del pueblo por muy mal que se llevaran) que tenía un mueble rectangular pegado a una pared. De este mueble sobresalía una caja, aproximadamente a la mitad de la altura total del mueble. Obsevaron que al centro tenía una llave. Los golosos vecinos estúpidos, por tentación, no del demonio porque ni él es tan malo, maquinaron en sus estúpidas cabezas la función que tendría tan extraño mueble. Tras una junta con los ancianos del lugar, concluyeron que se trataba de un tipo especial de cofre en el que guardaba un maravilloso tesoro.

Las cosas fueron muy rápido y pasaron varias semanas. Por la mañana del días veinticiete del mes sexto de aquel año, se despertaron mucho mas temprano las gallinas con un extraño sonido. Las tontas gallinas se marcharon, sin maquillarse, a ver de dónde procedía aquel maravilloso ruido. ¡Venía de la casa del disparatado muchacho! La caja se había abierto y el disparatado muchacho se encontraba frente al extraño cofre en una silla. Movía sus dedos como presionando unas pequeñas piezas blancas y negras. El sonido salía de allí. Cada vez que presionaba una pieza se reproducía un maravilloso sonido. Las gallinas atontadas, aún más, comenzaron a bailar entre ellas, moviendo las alas sobre sus pequeñas cabezas. En un instante estaba todo el pueblo frente a la ventana, imitando el movimiento de las gallinas. Estas, de tontas que eran, se enfadaron muchísimo y se marcharon corriendo. Nunca más volvieron a hablar con los hombres, ni si quiera gritaron más aquellas tonterías sobre la lluvia.

Las gallinas marcharon y el pueblo continuó bailando hasta el anochecer. Aquel disparatado muchacho les había traido un tesoro y, por curiosidad le preguntaron:

- ¿Qué es esto?

- Es música - contestó el disparatado muchacho

Francisco Medina Fernández
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